I Beca de Artes Plásticas Fundación Villalar-Castilla y León

Siempre debe ser inquietante para un profesor de arte, de pintura en este caso, observar los comienzos del alumno en el exigente ejercicio de su formación. Distinguir no solamente la aptitud, sino y también la actitud, entendida como disposición, entrega, tesón y autoexigencia, ya que esta representa la semilla de la expresión artística, siendo lo que viene a definir el verdadero perfil vocacional que puede preludiar la característica del artista como posible corredor de fondo, que no se quede en la adopción de unas aptitudes, que sin tensión suelen degenerar en facilidad acomodaticia con la que hemos visto “fenecer” a tantos y tantos artistas, quedándose en meras habilidades que abocan a descafeinar la fuerza creativa, imprescindible característica del artista que siente la necesidad de expresarse como medio de conectar con la vida, consigo mismo, con la sociedad, con la Naturaleza.

Tal perfil de actitud, de estar en plena tensión y disposición creativa lo tiene Raquel Bartolomé, perteneciendo a ese grupo de alumnos, de ex-alumnos que considero especiales y que he tenido la suerte de conocer, descubrir, a lo largo de muchos años de mi hacer docente. Alumnos que me ha interesado observar y hacer seguimiento a lo largo de su posterior vuelo personal en la carrera artística.

Raquel fue confirmándose paso a paso desde que se licenció en la Facultad de Bellas Artes de Madrid, en 2007, disfrutando de becas de gran tradición como Ayllón o la de la legendaria Fundación Rodríguez-Acosta de Granada, así como participando y obteniendo distinciones en concursos de relevancia nacional como el BMW de Pintura, en el que obtuvo Mención de Honor el 2011, así como en el X Certamen de Pintura ACOR en Valladolid, hasta avocar en la obtención de la beca de la Fundación Villalar para jóvenes artistas de la Comunidad de Castilla y León, consistente en beca-salario para dedicarse plena y exclusivamente durante un año al mayor desarrollo y profundización de su obra creativa.

Así, y para cumplir el compromiso y oportunidad de la Beca de la Fundación Villalar, cual ermitaña, en Matabuena, aunque abierta al mundo, se encerró en una nave al pié de la sierra segoviana, nave no carente de espacio, ni de frío en el crudo invierno, entregándose absoluta y obsesivamente a un trabajo creativo, en constante búsqueda e indagación pictórica desde la toma de referencias directas, unas, y evocadas rememoraciones, otras, del paisaje serrano, lejanías de sus montañas, inmediateces de sus primeros planos, troncos, hojas, observando, investigando, para desarrollar en el taller las obras a partir de los apuntes producidos desde el acercamiento a la naturaleza paisajística. Planteamientos con diferentes técnicas pictóricas, collages con incorporación de elementos naturales; bocetos con acercamientos estilísticos variados, desde dibujos de análisis, líneas y manchas buscando el grafismo, las estructuras, el espacio; apuntes, muchos apuntes desde manchas casi monocromáticas a otras en que predomina el canto del color. Son infinitas y variadas búsquedas en la manera de ir madurando el camino para el abordaje de obras mayores y más definitivas. Tuvo el comportamiento de la fiera que acecha la presa desde diversos puntos para abordarla definitivamente.

Raquel es sabedora de la importancia que tienen las obras germinales, al igual que Goya debe el logro de las Pinturas Negras o los Fusilamientos a la infinidad de dibujos y grabados, “los caprichos”, “Desastres de la guerra”, realizados en desvelo y como terapia liberadora de las tensiones, que dinamizaron su concepto y expresión artística para realizar las obras de mayor tamaño. Es consciente de que los apuntes afloran la visceralidad, la potencialidad expresiva del artista, el referente más auténtico, liberador de preconceptos encasillantes, sirviendo de guía para el desarrollo dinámico, expresivo y conceptual de las obras mayores y más representativas.

De tal manera, toda su obra germinal, de bocetos, fue cuajando en varias series de tamaño mayor, llegando en uno de sus cuadros hasta los cuatro metros de largo.

Aunque no participo de la obsesión que a veces hay sobre que los artistas deben enfocar sus obras evolutivamente ya que tal criterio suele condicionar, pues considero mas bien que el artista debe manifestarse en su obra como el reflejo de su diario existencial, con los consiguientes cambios, idas y retornos, avances y reconsideraciones, al margen de encasillamientos de estilo preconcebido, sin embargo, en el caso de Raquel, y dada la intensidad con que se entregó en este período que se dilató entre año y medio y dos años, sí se observa un claro proceso de temporalidad, maduración evolutiva, el cual se refleja claramente en lo que podríamos distinguir como tres series de obras mayores en cuanto a tamaño.

Tomando como referencia inicial el cuadro motivo de la concesión de la beca, obra que, a criterio del tribunal que la propuso, denotaba pasión e ímpetu, aunque quizá requería cierta contención en el orden plástico, pero sin dudar ser merecedora de tal beca.

Comenzaría su encierro con una primera e intensiva etapa de apuntes, -como ya cité anteriormente-, ya en el campo, ya en el taller, que denotan su búsqueda de grafismos, esquemas y masas cromáticas, y en ocasiones adhiriendo collages de hojas a los soportes, etc, de lo que surgió una primera serie de obras con varios soportes de 150×150 cms. que se caracterizan por la incorporación del orden estructural, paisajes de textura contenida, formas cerradas, concretas, en que el color es acotado por las formas que representan troncos, rocas, ramajes, con la sierra como fondo, etc., pero de realismo muy interpretado, y no de carácter naturalista. Surgirá una segunda serie, entre los que hay varios cuadros de 190×190 cm. de estilo, concepto y ejecución más abiertos, con primer plano de abundante vegetación y rica ornamentación de hojas y ramas, de claroscuro ambiental que nos traslada como túnel hacia una profundidad luminosa, vaporosa y sugerente. Una tercera y última serie, siempre precedida por invasión de apuntes como en las anteriores, entre los que hay cuadros de hasta 195×195 cm. en que las estructuras se esconden para dar paso a una pintura muy abierta y de rica materia en la que, a veces unos rasgos nos pueden situar en la sugerencia de unas ramas que sirven de referencia o plinto para introducirnos en un espacio, aunque indefinido, pues quizá sea sabedora de que el cuadro no nos debe negar la sugestión de entrar en él, al igual que la tan conocida obra de Turner que con simple rasgado nos sugiere el mástil de un barco, merced al cual nos introduce en la tridimensionalidad y con ello en la consciencia de “la tempestad”. Así, esta pintora, como suele ser común en los artistas inquietos, seguirá moviéndose entre estructurar, destruir, retomar, pero siempre ahondando apasionadamente, y sin preocuparse de por dónde nos pretenden dirigir las vanguardias, pues la verdadera vanguardia es la que marcan los artistas libres, aunque ello pueda ser un camino incómodo.

Concluyo dándole ánimo y fuerza, que la tiene, para mantener la llama de la pasión artística y felicitando a la Fundación Villalar por el resultado de esta becaria, aprovechando para manifestar mi satisfacción por la tutoría que se nos encomendó compartida con Carlos Muñoz de Pablos, Premio Castilla y León de la Restauración y Conservación del Patrimonio, y de quien siempre aprendo por su calidad artística y humana. Ambos avalamos y confirmamos su valía y solidez artística, aunque afortunadamente para ella, y dada su juventud, tiene un largo y prometedor camino por delante.

José S.-Carralero

Pintor. Catedrático de Pintura, U.C.M

Premio Castilla y León de las Artes

 

 

DOMUS  AURA”

Bajo este juego de palabras que nombra esta colección se aloja la idea del paisaje doméstico, del aire, del alma de la casa.

Esta escala del entorno constituye el paisaje más determinante al que pertenecemos y nos conforma.

La casa como proyección y proyecto. Lo doméstico, como representación y expresión de nosotros mismos. Nuestra forma de estar en el mundo.

Walter Benjamin, probablemente inspirado en los paisajes y en las construcciones de Ibiza que recorrió en los años 30, pensó sobre el concepto de aura.

“¿Qué es el aura propiamente hablando? Una trama particular de espacio y tiempo: la aparición irrepetible de una lejanía por cercana que ésta pueda hallarse. Ir siguiendo, mientras se descansa, durante una tarde de verano, en el horizonte, una cadena de montañas, o una rama que cruza proyectando su sombra sobre el que reposa: eso significa respirar el aura de aquellas montañas, de esa rama.”

En este sentido, la casa encalada  se manifiesta como un saber atávico, integrada en un paisaje de muros de piedra, junto al porche, los olivos, los cultivos… La imagen es fondo y figura al mismo tiempo. No hay diferencia orgánica entre naturaleza y casa.

Esta joven artista, Raquel Bartolomé,  nos propicia una de las más bellas expresiones de este entorno doméstico, al enfrentar su propio momento vital,  presidido por su reciente maternidad, adoptando una nueva mirada sobre su entorno y realidad más inmediatos. Recogiendo materiales para construir su nido.

Sus paisajes, sus paisanos,  los animales del campo e, incluso, sus sillas “con alma”, constituyen los temas de las obras de esta exposición.

Especial atención merecen las composiciones con sillas, donde el tema se abstrae para centrarse en la relación que en la pintura se establece entre estos objetos dotados de personalidad propia, que escenifican los rituales domésticos de la mesa, el descanso, las tertulias, la familia… La representación de la casa, del espacio íntimo,  a través de tan humilde elemento es un recurrente en la historia del arte y del pensamiento modernos.

Vienen a la memoria, entre  otras,   las sillas de Van Gogh y David Hockney.

O  el fragmento de Walter Benjamin sobre “ Un espacio para lo valioso”

“En los pequeños pueblos del sur de España, la mirada penetra en el interior de las casas a través de puertas abiertas con cortinas perladas y recogidas y en la penumbra se destaca, deslumbrante, el blanco de sus muros. Estas  paredes se encalan varias veces al año. Delante de la pared posterior, se alinean en orden estricto y simétrico, tres, cuatro sillas, alrededor de cuyo eje central oscila el fiel de una balanza invisible, en cuyas bandejas , la bienvenida y el rechazo quedan equilibrados.

Por la manera en que e muestran, modestas, pero con un enrejillado particularmente bello, se pueden hacer alguna s lecturas.

Ningún coleccionista podría exponer con mayor confianza las alfombras de Ispahan o los cuadros de Dick en las paredes de su vestíbulo, que el campesino esas sillas en su zaguán desnudo

Pero no son solo sillas.

Cuando el sombrero cuelga de su respaldo, han cambiado de pronto su función.

Y en este nuevo grupo, el sombrero de paja no parece menos valioso que la silla austera. Así se reúnen la red de pescar y el cántaro de cobre, los remos y el ánfora de barro, y cien veces al día están dispuestos, si se les necesita, a cambiar de lugar y a volver a reunirse.

Más o menos todos son valiosos.

Y el secreto de su valor es la sobriedad -aquella austeridad del espacio vital en el que ocupan, no solamente el lugar que en este momento tienen adjudicado, sino espacio para ocupar continuamente nuevos lugares a los que son llamados.

En la casa en la que no hay cama, lo valioso es la alfombra con que se cubren de noche sus habitantes, y en el carro sin asientos, lo valioso es el cojín que se coloca en el suelo duro. En nuestras casas bien equipadas no hay espacio para lo valioso, porque falta el margen de libertad para que preste sus servicios”

 

ENRIQUE HERRADA y  MARTA MAÍZ